Fotografía tomada en 1905 en la que aparece su propietario con sus dos hijas y dos amigos.

SEGÚN HE OÍDO CONTAR A MIS MAYORES…

Mi abuelo Felipe había montado una bodega de vinos en las cercanías del puerto comercial de Marsella. Desde allí comercializaba el vino que traía de la región valenciana y el escaso que conseguía de Francia, pues la filoxera había mermado su cosecha.

Uno de los primeros días de 1900 mi abuelo se paseaba por la calle principal de Marsella, la rue La Canabiere, después de trabajar. Se detuvo ante un escaparate en el que se exhibían aquellos “artefactos” de moda llamados automóviles. Estos no utilizaban caballos para desplazarse sino que, según decían, se movían por la fuerza de “caballos de vapor” aunque no funcionaban con vapor sino con bencina. Pensó que le gustaría poseer uno para llevarlo a su pueblo natal de la provincia de Alicante. Allí había trasladado a sus hijos después que su esposa hubiera fallecido un año antes y él pensaba hacerlo próximamente.

Después de visitar otras tiendas y preguntar por sus características y precios mi abuelo decidió adquirir un flamante “voiturette” de la marca GEORGES RICHARD en la primera tienda que había visitado. Este vehículo se anunciaba como “le veritable poney automobile” por el exorbitante precio de 3.500 Fr. Días después fue a pagarlo y a retirarlo. Recibió instrucciones elementales sobre cómo tenía que ponerlo en marcha y conducirlo. Igualmente le informaron sobre el mantenimiento y los cuidados que debía proporcionarle recibiendo, para ello, el manual de instrucciones. Dicho manual, muy detallado, era absolutamente necesario pues ante la inexistencia de talleres, al menos en la España de aquellos días, el propietario debía ser conductor y mecánico.

Lo estuvo utilizando por Marsella durante un tiempo, hasta que se decidió embarcarlo con destino a Valencia. Uno de los veleros que le traían el vino desde España lo transportó hasta el puerto de Valencia. Allí causó un gran impacto ya que era el primer automóvil que tenían la oportunidad de ver. Entonces en España existían siete unidades, siendo eléctrica la única que circulaba por Valencia.

Mi abuelo quería llevarlo rodando hasta su destino. Tarea complicada porque las carreteras no existían y los caminos reunían pésimas condiciones. Además, tampoco existían  los comercios donde se expendiera bencina, por lo que había que ir provisto de la suficiente para todo el trayecto.

Una mañana temprano comenzó el viaje. Este no fue fácil: al pasar por los pueblos había gente que huía despavorida gritando “el demonio, un coche sin caballos”; en otros momentos tuvo que enfrentarse a más de un carretero airado porque sus caballerías se habían espantado por el estruendo del coche; también tuvo que sortear los accidentes del terreno, como las vaguadas de los barrancos, pues en la mayoría de estos no existían puentes. En una que cruzaba un barranco próximo al pueblo de Jaraco se rompió un eje del coche. Fue imposible de reparar por lo que mi abuelo tuvo que contratar unas caballerías para arrastrar el vehículo hasta su destino, distante unos 25 km. Por fin llegó el coche a la antigua cuadra de la casa, adaptada para la ocasión colocándose una mesa de trabajo. Todo el pueblo, amigos y meros conocidos, pasaron por la casa para contemplar tan especial artilugio del que la mayoría hasta unos días antes ni habían oído hablar de su existencia.

Se imponía reparar la avería: ante la imposibilidad de acudir a ningún taller se decidió solicitar una pieza nueva a la tienda de Marsella donde se adquirió el coche. Pasados unos meses llegó la pieza y con la ayuda del manual de instrucciones y de un joven amigo de la casa, que ya demostraba tener afición a la mecánica, la pieza fue sustituida. El vehículo pudo, para la alegría de unos y regocijo de otros, volver a rodar por sus propios medios.

Ahora se debía planificar la estrategia para poderlo utilizar sin problemas: lo primero fue legalizar el vehículo en España. Como todavía no existían las matrículas de coches, se acudió al Ayuntamiento donde se le dio de alta recibiendo una placa de carro. Con esta placa rodó hasta el fin de sus días porque nunca llevó matrícula de coche. El siguiente paso, y el más importante, era el avituallamiento de bencina.  Mi abuelo lo solucionó importándola desde Marsella en cajas que contenían cuatro latas de diez litros cada una. Las cajas viajaban  en barco hasta el puerto de Alicante y desde allí con el correo-diligencia hasta el pueblo. Finalmente había que tener preparada la vestimenta imprescindible: esta se componía de un guardapolvo, gorra y gafas para protegerse del polvo y también de una manta. No faltaba una especie de termo que se llenaba de agua caliente y que se colocaba bajo los pies para resguardecerse del frío. También se trajo de Francia.

El automóvil se hizo rápidamente muy popular y los niños del pueblo le bautizaron como “La Carraca de Felipe”. Disfrutaban de lo lindo empujándolo cuando en la empinada calle de San Miguel el auto se encontraba en graves dificultades para coronar la fuerte pendiente. Aunque hoy en día nos parezca mentira, el pequeño y rústico automóvil proporcionó a su propietario un transporte eficaz y rápido para aquellos tiempos y una dilatada satisfacción.

Hacia 1910 en uno de sus frecuentes  viajes a Marsella para controlar el negocio, mi abuelo adquirió un nuevo automóvil en la misma tienda. En esta ocasión se trataba de un BRASIER mucho más moderno, dotado de un motor de dos cilindros. La nueva compra trajo consigo el arrinconamiento y abandono del GEORGES RICHARD. Este sólo salía en contadas y raras ocasiones. La última salida la hizo con mi padre en los años 20 al asistir a una fiesta con él. Causó la natural sorpresa siendo recibido con aplausos.

Durante la contienda civil que asoló nuestra geografía ambos coches fueron lentamente desguazados. Sólo han perdurado el farol derecho, un trozo del chasis y el escudo. Este consiste en un trébol de cuatro hojas sobre fondo  blanco y la leyenda “Ste. Des. Etab. GEORGES RICHARD Paris”. También se conserva una fotografía tomada en 1905 en la que aparece su propietario con sus dos hijas y dos amigos.

Características técnicas del Georges Richard (1900)

Motor

  • Ubicación: en la parte delantera.
  • Número de cilindros: uno. La culata, desmontable, estaba sujeta al cilindro por una brida.
  • Diámetro x carrera: 95  x 100 mm.
  • Potencia: 3 CV a  1.000 rpm.
  • Refrigeración: por aire mediante aletas en el bloque y un ventilador que se movía por fricción con el volante de inercia.
  • Alimentación: mediante carburador. Manualmente se regulaba la entrada de aire.
  • Encendido: por pilas que había que cambiar periódicamente y por bujía. El avance y el retroceso del mismo se efectuaba manualmente.
  • Engrase: sistema de dosificación manual gota a gota.
  • Alumbrado: dos faros de petróleo.

Tracción

  • Cambio: de dos velocidades.
  • Tracción: a las ruedas traseras mediante polea y correa. Una segunda polea, loca, conseguía el punto muerto.

Carrocería

  • Tipo: la carrocería original era una PETIT DUC en forma de media cuna, sin capota y sin puertas, típica de las voiturettes.
  • Número de plazas: dos. Por deseo de mi abuelo, en la misma tienda se encargaron de transformarla añadiéndole dos asientos más, a los cuales se accedía por una puerta trasera, de modo similar a la del tipo TONNEAU. También se le acopló una capota o techo recto sostenido por cuatro palos colocados en las cuatro esquinas. En los laterales y en la parte posterior tenía unas cortinas para resguardar del sol y de la lluvia. Estas podían recogerse y sujetarse por correas en la parte superior.

Características técnicas del Brasier (1910)

Motor

  • Número de cilindros: dos.
  • Diámetro x carrera: 90  x 120 mm.
  • Potencia: 3 CV a  1.000 rpm.
  • Refrigeración: mediante termosifón.
  • Encendido: por magneto de alta tensión y bujías.
  • Engrase: por barboteo.

Tracción

  • Embrague: cono recubierto de cuero.
  • Cambio: de tres velocidades.
  • Tracción: por cardan.

Nota: se agradece al Club de Automóviles Antiguos de Valencia y a su socio Alberto Miralles la colaboración prestada para la elaboración del presente reportaje.

Texto: Alberto Miralles

Fotografías: Alberto Miralles y Juan Inigo Ros

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